
Ya he dicho en varias ocasiones en este blog que para mi The Prodigy han sido uno de los referentes de la música electrónica de la década de los noventa, le pese a quien le pese. Pero también el ejemplo de cómo morir de éxito y de forma casi inexplicable. Tras el lanzamiento de The Fat Of The Land (1997), el grupo estaba en lo más alto de su carrera musical con un Smack My Bitch Up que no dejó de ponerse en las pistas de baile durante un buen tiempo. Pero quizás por la presión o que su estilo había sido explotado hasta la extenuación por otros grupos y DJ’s hasta dejarlo en una sucesión de clichés en cada tema nuevo, el caso es que intentaron volver a una cumbre ocupada por “aficionadillos” c
on el lanzamiento de un nuevo single que se anunció como un adelanto de lo que podría ser un nuevo LP tras cinco años de silencio. En palabras del propio Howlett, Baby’s Got A Temper nunca debió salir publicado, puesto que no era más que una mala copia del Firestarter, una mala forma de tocar fondo y de comprobar a la vez hasta qué punto la banda había perdido el rumbo y las ideas. No es que fuera mal tema, pero repetir la misma fórmula cinco años después (metiendo hasta samples del Firestarter) cuando hacía tiempo que esta estaba agotada era un insulto para el público y la imagen del grupo. Howlett también lo achacó un poco a la forma de producir que tenían antes, todo con un montón de cacharros y samplers que llegaban a limitar bastante el resultado final, mientras que en el 2002 la música electrónica esencialmente se realizaba con ordenadores, lo que permite una flexibilidad que nunca antes tuvieron y conseguir unos resultados que estaban muy lejos de lo que les ofrecían sus viejas máquinas. El fallo fue intentar seguir produciendo como hacía seis años cuando sabían que la electrónica se movía en otros derroteros.
Después del fracaso del Baby’s Got A Temper, volvería a intentarlo Howlett en solitario dos años después, pero sin la ayuda de Flint quien fue la voz de The Prodigy desde sus inicios. Para ello se hizo con Mac Book y el Reason (cualquiera que haya hecho música con este programa reconocerá su sonido característico) con el que estuvo trasteando un buen tiempo hasta comprender su funcionamiento y poder explorar todas sus posibilidades. La intención de Howlett era olvidar el The Fat Of The Land y reinventarse así mismo intentando adoptar un nuevo estilo que le permitiera aprovechar las benevolencias de la nueva era musical a través del ordenador. El disco que salió de su portátil, Always Outnumbered, Never Outgunned, dividió a gran parte de su público porque allí no había rastro de break beat, ni de Firestarter ni siquiera del No Good. Era una mezcla rara entre el ciberpunk de Atari Teenage Riot con sobredosis de ketamina junto con algo que podía recordar en cierta manera a un electropop estilo Le Tigre (por poner un ejemplo de desfasados). Quizás se le fue la mano experimentando demasiado en algunos temas, pero dejó otros con un estilo mucho más personal alejados de la combinación rara esa que os he referido para dejar perlas como Pheonix, el Wake Up Call que recordaba al The Prodigy anterior o la increíble Hotride con una Juliette Lewis inmensa. Para mi fue una apuesta arriesgada y bastante acertada pero que pecaba de una sola cosa que la lastraba por sí sola al fracaso: sólo usó Reason en la elaboración del disco. Como el propio Howlett reconoció (y como todos los usuarios de Reason de aquella época sabíamos), el programa tiene un sonido final que deja mucho que desear y masterizar desde el propio Reason es una labor que por mucho que le pusieras ganas nunca iba a darte una alegría. El sonido se quedó un poco pobre y eso lastró el resultado final. Si no lo creeis cogeros el Hotride de este disco y el que aparecía en Their Laws: The Singles, que estaban todos los temas remasterizados.
Y llegamos al presente, a lo que debería ser la redención después de la cagada del Baby’s Got A Temper y la semicagada del Always Outnumbered, Never Outgunned se esperaba que The Prodigy sacara un disco que hiciera recordar los mejores tiempos del grupo, fuera como fuese. Esa labor recae en Invaders Must Die, cuyo título o bien parece un homenaje al aniversario del clásico juego de Space Invaders o una declaración de intenciones de cargarse a todos los que dejaron el break beat a la altura del betún. Como todo buen disco, viene precedido del lanzamiento de un tema que forma parte de él en forma de single (nada nuevo bajo el sol) titulado Omen que debería ser un anticipo de lo que prometen en este trabajo. Aquí se vuelve a apostar por el clásico ritmo de The Prodigy y recuperando a la figura de Flint para la causa (y en buena forma), con un sonido de sinte que autohomenajea a ellos mismos, recordando a los que empleaban en sus primeros discos (por ejemplo, el tema Break and Enter del Jilted Generation, o casi cualquier tema del Experience) o a los sintes que detesto de gente como Pendulum. Habrá quien le guste este tema, pero a mi la época raver de The Prodigy tampoco es que me gustara mucho, cosa que aquí parece hacerles un guiño bastante obvio. También hay circulando un videoclip que el propio grupo colgó con el tema que da nombre al disco y que a mi parecer es de una simpleza tal que me parece un insulto a las posibilidades de hacer música que hay hoy en día. Total, que los dos temas que ha mostrado el grupo me parecen bastante reguleros, con perdón para quien le haya gustado. Pero pasemos al resto del disco.
Aquí es donde se destapa el tarro de las esencias y vemos que The Prodigy sí que se han tomado el trabajo en serio y han intentado volver a los orígenes pero haciendo las cosas bien. Casi todos los temas recuerdan a trabajos anteriores con una energía similar el Jilted Generation y dejando completamente de lado el The Fat Of The Land, destacando para mi el Take Me To The Hospital y el Warriors Dance, un tema con toques drum’n'bass con un bajo que lo envuelve todo y que mantiene por sí solo todo el tema. El resto de temas siguen una tónica parecida, mucho ritmo desenfrenado, con sintes un poco raros (algunos creo que bastante desacertados), voces que parecen sacadas del pasado (musicalmente hablando) y ritmos a medio camino entre el break beat de la última etapa y el drum’n'bass de la primera.
En general te deja una sensación de volver a escuchar al The Prodigy de los comienzos y que en ningún momento han intentado continuar por donde se quedó el The Fat Of The Land. Tiene sus virtudes y sus defectos, pero posiblemente este disco no decepcione a quienes se sintieron timados con el Always… y sí a los que crecieron con el Firestarter lo que puede crear un cierto dilema, y es que la generación del Experience hace tiempo que pasó la treintena y ya no creo que estén para agradecer mucho este tipo de material (que seguro que les gustará). Así que el Invaders Must Die debe buscar su público entre un público que escuchó de refilón su mejor época y quienes no tienen ni idea de quienes fueron The Prodigy. Al menos la redención musical sólo se la deben a los más carrozas. El resto es simplemente ganar nuevo público y creo que sin ser un trabajo redondo tiene suficientes argumentos para atraer una nueva legión de fieles.
Invaders Must Die
Omen
Rapidshare: The Prodigy – Invaders Must Die

