El nuevo hype del año se llama Fagget Fairy’s y viene de Dinamarca de la mano de una aspirante a modelo llamada Ena (vocalista) y Carla, DJ conocida como Semsimilla y con algo de experiencia en el mundo del clubbing. Un día de juerga se conocieron y por arte de magia (dejémoslo en “polvos mágicos”) deciden largarse a Nueva York a grabar un single titulado Feed The Horse de la mano del mismísimo Popdaddy. Hasta ahí puede resultar creíble la historia, pero en cuanto oyes el tema en cuestión te empiezas a oler que algo no cuadra del todo. Si cuatro quintas partes de la humanidad creen que M.I.A es la tía más hortera de todo el planeta y de la historia de las civilizaciones, ahora llegan estas y la desafían de tú a tú y usando las mismas malas artes: un tema (el Feed The Horse) casposo pero súper pegadizo, con un videoclip penoso y usando una base que por alguna extraña razón recuerda mucho a las que empleaba la susodicha Mathangi Arulpragasam, sólo que en vez de usar el “riguitón adulterado” del Arular estas prefieren emplear una base de bajos a lo grime y algún que otro detalle de dubstep. No os confundáis, esto es al dubstep como Camela al eletro-pop. Aún así el aire decadente que desprende el disco te engatusa hasta querer escuchar varias veces unos cuantos temas, como si de heroína se tratara. Sabes que es malo pero no puedes dejar de metértelo por el oído, aunque sea con el volumen bajito para que nadie se entere de que escuchas a estas dos locas y no perder de un plumazo la buena reputación que tanto trabajo te ha costado crearte. Aún así All I Want es un gran tema que recuerda a Various Production y en general es lo suficientemente petardero para que se convierta en el himno de la próxima cabalgata del orgullo gay. Ah, ¿no lo he dicho antes? Esto es un cocktail de lesbianismo, amor verdadero y ritmos despiadados (myspace dixit)
Antes de nada quería comentaros que mi pequeño compañero de entretenimiento (aka mi disco duro de 750GB) murió hace tiempo y con él han desaparecido, entre otras cosas, unos doscientos gigas de música. Más o menos vendrían a ser casi dos mil discos que he ido coleccionando como una hormiguita desde hace por lo menos seis años. Entre ellos había algunas cagurratas infumables que mantenía allí bien por pereza (de no ponerme a borrar con criterio) o porque tenía la esperanza que algún día me agradaran, pero la mayoría eran discos bastante decentes y algunas joyas que me va a costar un trabajo increíble volver a encontrar. Muchas de estas las quería ir subiendo poco a poco para poder compartirlas con vosotros, pero me temo que eso ya no podrá ser a corto plazo. En fin, guardemos un minuto de silencio a 320kbps por esos bits que ya no podrán ser acariciados nunca más por una pequeña cabeza lectora. Sigamos.
Holger Zilske es un alemán afincado en Berlín que acaba de publicar su primer álbum bajo el sello Playhouse. En verdad no es un novato en este mundo, puesto que era el otro miembro de Smash TV con el que publicó un álbum y lanzó varios temas bajo el sello BPitch Control, algo que compaginó con su proyecto en solitario durante estos últimos años. Además se le considera uno de los responsables que Ellen Allien sacara ese gran Berlinette, lo que no es moco de pavo. Vamos, que no es un mindundi que ha comprado un MacBook junto con una copia de Live y que se cree que es DJ y productor por saber enganchar unos samples con otros.
Holz es un trabajo compuesto por diez temas de minimal con alguno que otro bailable pero, sobre todo, destacando porque invita a ser escuchado tranquilamente, en su mayoría, para poder disfrutar de su buena producción. No es minimal de este histriónico en el que te meten esos sonidos que parecen sacados de las lamentaciones de un Simca con el que intentan hacer un ritmo. Hay algo parecido pero infinitamente más cuidado y bien ordenadito en el secuenciador para que no te entren ganas de asesinar al productor por semejante tortura. Esto se pone especialmente de manifiesto en el tema Roter Rausch, con un desarrollo tan bien elaborado que por más que lo escuches una y otra vez no terminas de cansarte del tema. El resto de temas no llegan al excelente nivel de este, pero sí que al menos te permiten mover ligeramente la cabeza mientras los esuchas a la vez que disfrutas de algunos entramados con los que juega.
Ya se pudo disfrutar de este disco desde el mes de febrero, cuando se filtró una copia completa del disco a 128kbps. Con esta calidad uno se puede hacer una idea de cómo va a sonar el trabajo final, pero no ha sido hasta ahora cuando se puede disfrutar a una calidad mucho mayor (320kbps) de un disco de dubstep que deja un gran sabor de boca una vez escuchado. Quizás las primeras pistas no lo hace mucha justicia y uno tienda a perder el interés en el resto, pero conforme avanza se va desvelando una auténtica bomba, con un sonido muy mimado y sin nada de aspavientos ni historias raras que puedan dejarte con esa sensación tan familiar de “está bien pero le ha sobrado tal cosa”. La inspiración de Burial en este trabajo de Martyn es más que palpable, ya que intenta alejarse un poco del sonido más convencional del dubstep con un ritmo más fluido y continuado y unos matices sonoros bastante oscuros. Eso no quiere decir que no podamos encontrar temazos como Vancouver, donde demuestra una vez más que este estilo y el grime muchas veces van cogidos de la mano. La cara opuesta es justamente la pista contigua, una colaboración con Dbridge que por momentos nos traslada al sonido Brighton de los noventa. Es el dubstep mas light que uno pueda encontrarse, pero se agradece el intento de explorar una línea vocal que hasta ahora estaba más próxima al hip hop que a otra cosa. Buen disco y toda una celebración su llegada porque últimamente andábamos escasos de material por estos lugares.
The Field es un productor… con una trayectoria… ehmm… que se dio a conocer gracias a… bien… Vamos, que no tengo ni idea de dónde ha salido este chico. Sé que tiene unos cuantos singles publicados y que lo suyo son las remezclas, pero me parece que no he llegado a escuchar absolutamente nada de él. Era un completo desconocido para mi hasta que me tropecé con Yesterday and Today, el que hasta ahora es su primer álbum de larga duración en el sello Kompakt. Sello que por otro lado empieza a ganarse una gran reputación en cierta forma a como lo está haciendo Sonar Kollektiv. Catalogado como un disco de minimal y techno house, creo que estas dos etiquetas no le hacen justicia, ya que, a pesar de apoyarse en estos estilos, intenta plantear otro tipo de sonido apartándose de muchos de los clichés que siguen inundando el panorama. De hecho uno de sus temas es muy parecido a cualquiera que podríamos encontrar en el último disco de Junior Boys.
En Yesterday and Today encontramos sólo seis temas. Quizás en cuanto a números se quede un poco corto pero no en cuanto a extensión puesto que cada uno de ellos ronda de término medio los nueve minutos; temas muy largos donde usa una estructura rítmica y melódica que la repite sin cesar. Visto así puede ser un poco rollo, pero en la forma en que The Field selecciona todos los sonidos y los evoluciona poco a poco hace que no nos cansemos de su planteamiento en ningún momento. Aunque no prestemos mucha atención al tema, siempre nos deja la sensación que la pista está en un continuo y sutil cambio. No se trata tanto de que vaya metiendo un pequeño sonido aquí u otro allá, sino que va jugando con las diferentes capas que conforman la pista para que nuestro oído nunca llegue a cansarse. Para mi es algo que no encontraba en un disco desde hace tiempo, llegándome a recordar por momentos a ciertos temas de la etapa final de The Orb. Ya os digo, si le quitáis las etiquetas de minimal y techno-house la escucha es más satisfactoria, puesto que no deja de ser un disco de electrónica y realmente bueno, por cierto.
El camaleónico y ecléctico Laurent vuelve a la carga con un nuevo disco con el que parece intentar reclamar su puesto en el salón de la fama de la electrónica en general y la culta en particular. Si hay que asociar un álbum en la carrera de este prolífico productor y dj, creo que sin duda alguna es el Unreasonable Behaviour con aquel mítico The Man With The Red Face del que tantas versiones se han hecho y que se llegó a convertir en un himno generacional dentro del clubbing internacional. Aquel disco sacó a la luz su genialidad y su particular forma de concebir la música electrónica y el techno de la época. Quizás no supuso un gran revolución dentro de la música porque muy pocos se atrevieron a secundar una propuesta tan atrevida, pero sí que al menos fue revisión gratificante de un estilo que empezaba a estar bastante estancado. Después seguiría un The Cloud Making Machine demasiado ambiental e intimista, algo que chocaba bastante con el sonido que demandaba la gente, es decir otra pequeña vuelta de tuerca al techno que sirviera para montar una fiesta distinta a lo que se seguía cociendo en el panorama. A mi personalmente este disco me decepcionó bastante, por lo que la aparición de este nuevo trabajo tampoco la acogí con mucha ilusión. Sin embargo parece que Laurent aprendió la lección y decidió acogerse en este disco a un tipo de música más fácil de consumir pero sin abandonar tampoco su seña de identidad. Temas dispares por atreverse con estilos un tanto dispares, pero con una cierta calidad, producto ello de muchos años dedicándose al mundo de la electrónica. Así nos encontramos techno, house, leftfield, drum’n'bass… todo muy light para los más puristas pero más que correcto para las mentes eclécticas como las del señor Garnier. Atención al tema Gnanmankoudji, bisnieto de aquel The Man… y que seguro nos traerá a la cabeza buenos recuerdos de antaño. No es un vuelta espectacular, pero sí al menos para pasearse entre nosotros con la cabeza bien alta.
Tras un Fabric 45 regulero a cargo de Omar-S, ahora llega Claude VonStroke con una sesión entre minimal y tech-house, a medio camino entre un estilo y otro. Y aunque este tipo no es santo de mi devoción como productor, sobre todo en cuanto a remix se refiere, he de reconocer que el Fabric que se marcado está bastante bien. No es que sea aquella sesión de M.A.N.D.Y. pero al menos han vuelto a recuperar el buen sonido que habían perdido en estas últimas entregas. Temas muy bien seleccionados para que nunca decaiga el ritmo y perfectamente enlazados, lo mínimo que se le puede pedir a una sesión de este sello que se ha convertido por méritos propios en todo un mito.
Ya he comentado en este blog que el primer trabajo de The Avalanches es considerado por muchos uno de los mejores discos de música electrónica y toda una labor titánica de cortar, pegar y mezclar. Maestros de este arte también están gente como los Beastie Boys o DJ Shadow con su Endtroducing, álbum de debut que dejaría a más de uno con la boca abierta durante varios años. Incluso Kira Neris nos asombró no hace mucho con su disco. Pero también existe algún que otro autor más desconocido para el público en general que no tiene nada que envidiar a lo anteriores. Uno de ellos es el inglés Dan Berridge, la persona que se encuentra tras Broadway Project.
Dan llegar a esto de la música de forma casual y casi como terapia para no acabar suicidándose. Aunque esto suene un poco a sensacionalismo barato, lo cierto es que su vida podía haber acabado fácilmente de esta forma. Imaginaos por un momento que estáis cerca de cumplir la treintena, con un trabajo fijo y un piso que te permite estar completamente emancipado; y que lleváis una vida social como la de cualquier otra persona que pueda tener un círculo de amistades acorde con la vida en Londres. No es que sea tampoco la vida de nuestros sueños, pero al menos es a lo mínimo que podemos optar cualquiera de nosotros; esto es, una vida normal. De repente te das cuenta que cada vez necesitas más horas de sueño, que te empiezas a cansar con facilidad ante cualquier esfuerzo físico, que te cuesta trabajo seguir una película o mantenerte en las conversaciones de tus amigos, y que parece ir a más. Con el paso del tiempo la situación se agrava tanto que tienes que dejar tu trabajo y tu vida se reduce a estar tumbado en un sofá durante todo el día mientras ves como tu vida se va por el retrete. Te diagnostican fatiga crónica, enfermedad que no tiene cura y que hará que a partir de ahora formes parte del mobiliario de tu casa. Pues esto es más o menos lo que le ocurrió a Dan.
Si no puedes valerte por ti mismo y encima no sirves siquiera para ninguna tarea que requiera esfuerzo mental porque tu capacidad de concentración está también por los suelos, no creo que tu visión de la vida sea muy positiva. Vamos, que Dan cayó en una profunda depresión que, junto con su enfermedad, le llevó a vivir con sus padres. Ante semejante panorama, decide comprarse un sampler, una máquina capaz de grabar sonido procedente de una fuente de audio en forma de pequeños fragmentos que pueden ser tratados con la ayuda de esta máquina, pudiendo incluso reproducir muchos de estos fragmentos a placer. Lo que bien podría haber empezado como un hobbie sin más, se convirtió en su pasión, revelándose Dan como un auténtico genio capaz de diseccionar cualquier tema, extraer un par de segundos de él y combinarlos con un fragmento de otro tema que en nada tiene que ver con el primero. Es lo más parecido a coger piezas de innumerables puzzles y unirlas para crear otro completamente original.
De esta forma nace Compassion, canciones creadas completamente de fragmentos de otras canciones. Aquí no hay ninguna parte original compuesta por el propio Dan, usando algún tipo de instrumento, salvo el haber seleccionado los samples y ensamblarlos para dotarlos de una estructura y lógica musical. Algo que puede parecer tan impersonal como copiar y pegar, maravillosamente refleja el alma atormentada de su autor como si estuviera dotando a su vida de la banda sonora que debiera tener. Y esto es uno de los aspectos más atrayentes del disco, ya que todo lo que suena en él lo ha tenido que escuchar Dan a lo largo de su vida. Muchos sonidos no son sino trozos de su memoria, de momentos felices o tristes de su vida, tales como su primer amor, la marcha de un ser querido o aquella escapa con los amigos, por lo que Compassion bien podría ser su autobiografía vista a través del prisma que su enfermedad le confiere. Como a lo largo de los catorce temas que componen el disco nos encontramos con muchos pasajes que nos resultan familiares (uno que destaca es un sólo de violín de Scheherazade, de Korsakov), por lo que la continua sensación de déjà vu hace que por momentos pensemos en Compassion como algo que forme parte de nosotros, como si la vida de Dan llegara a parecerse a la nuestra.
En definitiva, y dejando la lírica a un lado, Broadway Project no deja de ser un trabajo sobresaliente tanto por el resultado en sí como por la forma de crear el disco. La forma de enfocar tan cinematográficamente todo el conjunto hace que nos recuerde mucho a gente como Cinematic Orchestra, con ese downtempo fusionado con jazz tan agradable al oído. Aquí el sonido no es tan claro como en los mencionados, puesto que la técnica empleada no lo permite. Además, Dan recarga mucho los temas con infinidad de samples (que por cierto no suenan repetitivos) entrelazados unos con otros para que suene todo más imponente. Aunque sin duda hay que alabar su esfuerzo y dedicación para producir un disco con catorce temas y no caer en la monotonía. Por cierto, hace ya nueve años de su lanzamiento.
Tosca es un grupo austriaco formado por Peter Kruder y Rupert Huber allá por el año 1994 en pleno boom del trip hop y el downtempo (Peter Kruder es junto con Richard Dorfmeister el autor de ese mítico recopilatorio titulado The K&D Sessions). Aunque toda su carrera ha sido muy errática, con muchos altibajos y varios discos de versiones de algunos de sus temas más famosos, algunos de estos últimos bastante aburridos y prescindibles, su disco Suzuki de 1999 justifica decir que Tosca ha sido y es uno de los referentes del downtempo. Un trabajo redondo de principio a fin, donde en una demostración de genialidad consiguen aderezar este estilo con una pizca de dub. El resultado no pudo ser más que sublime, llegando a inspirar buena parte de la música electrónica (más próxima al downtempo) que se haría en los siguientes cinco años. Lástima que abandonaran parcialmente la fórmula y en sus siguientes trabajos intentaran otro tipo de sonido para no encasillarse demasiado. O eso o que se les agotó a ellos la fórmula demasiado rápido. El caso es que en los trabajos posteriores se aprecia en ciertos temas una pequeña reminiscencia de Suzuki que deja satisfechos a quienes nos quedamos encandilados ante aquel sonido pero que sigue pareciendo insuficiente para contentarnos del todo. De todas formas la falta de homogeneidad en sus discos siguientes y sus idas de olla han hecho que cada vez se tome menos en serio el nombre de Tosca y que cada vez que veamos su nombre no podamos evitar acordarnos de aquel disco mientras anhelamos una segunda parte.
Ahora llegan con No Hassle, diez años después de Suzuki y aunque no se puede decir que continuaran donde lo dejaron, al menos uno tiene la sensación cuando lo escucha que por una vez en todo este tiempo han tenido las ideas bien claras. Han apostado decididamente por un tipo de sonido en concreto, sin experimentos de por medio. Esto es, un downtempo serio bastante alejado del estilo dub de Suzuki pero que apuesta por una música más “humanizada” al estilo del Simple Things de Zero 7 con aquel predominio de sonidos de instrumentos reales. Aquí se trata más de la creación de un fondo musical realmente agradable al oído, muy atmosférico y tranquilo todo, ideal como hilo musical. Probablemente No Hassle no destaque precisamente por dejarnos algún que otro hit de este disco, un tema que automáticamente se nos venga a la mente cuando pensemos en él. Pero a cambio nos deja un buen disco que puede ser escuchado de cabo a rabo varias veces sin que tengamos que pasar de largo algún track por ser un auténtico bodrio.
Ya he dicho en varias ocasiones en este blog que para mi The Prodigy han sido uno de los referentes de la música electrónica de la década de los noventa, le pese a quien le pese. Pero también el ejemplo de cómo morir de éxito y de forma casi inexplicable. Tras el lanzamiento de The Fat Of The Land (1997), el grupo estaba en lo más alto de su carrera musical con un Smack My Bitch Up que no dejó de ponerse en las pistas de baile durante un buen tiempo. Pero quizás por la presión o que su estilo había sido explotado hasta la extenuación por otros grupos y DJ’s hasta dejarlo en una sucesión de clichés en cada tema nuevo, el caso es que intentaron volver a una cumbre ocupada por “aficionadillos” con el lanzamiento de un nuevo single que se anunció como un adelanto de lo que podría ser un nuevo LP tras cinco años de silencio. En palabras del propio Howlett, Baby’s Got A Temper nunca debió salir publicado, puesto que no era más que una mala copia del Firestarter, una mala forma de tocar fondo y de comprobar a la vez hasta qué punto la banda había perdido el rumbo y las ideas. No es que fuera mal tema, pero repetir la misma fórmula cinco años después (metiendo hasta samples del Firestarter) cuando hacía tiempo que esta estaba agotada era un insulto para el público y la imagen del grupo. Howlett también lo achacó un poco a la forma de producir que tenían antes, todo con un montón de cacharros y samplers que llegaban a limitar bastante el resultado final, mientras que en el 2002 la música electrónica esencialmente se realizaba con ordenadores, lo que permite una flexibilidad que nunca antes tuvieron y conseguir unos resultados que estaban muy lejos de lo que les ofrecían sus viejas máquinas. El fallo fue intentar seguir produciendo como hacía seis años cuando sabían que la electrónica se movía en otros derroteros.
Después del fracaso del Baby’s Got A Temper, volvería a intentarlo Howlett en solitario dos años después, pero sin la ayuda de Flint quien fue la voz de The Prodigy desde sus inicios. Para ello se hizo con Mac Book y el Reason (cualquiera que haya hecho música con este programa reconocerá su sonido característico) con el que estuvo trasteando un buen tiempo hasta comprender su funcionamiento y poder explorar todas sus posibilidades. La intención de Howlett era olvidar el The Fat Of The Land y reinventarse así mismo intentando adoptar un nuevo estilo que le permitiera aprovechar las benevolencias de la nueva era musical a través del ordenador. El disco que salió de su portátil, Always Outnumbered, Never Outgunned, dividió a gran parte de su público porque allí no había rastro de break beat, ni de Firestarter ni siquiera del No Good. Era una mezcla rara entre el ciberpunk de Atari Teenage Riot con sobredosis de ketamina junto con algo que podía recordar en cierta manera a un electropop estilo Le Tigre (por poner un ejemplo de desfasados). Quizás se le fue la mano experimentando demasiado en algunos temas, pero dejó otros con un estilo mucho más personal alejados de la combinación rara esa que os he referido para dejar perlas como Pheonix, el Wake Up Call que recordaba al The Prodigy anterior o la increíble Hotride con una Juliette Lewis inmensa. Para mi fue una apuesta arriesgada y bastante acertada pero que pecaba de una sola cosa que la lastraba por sí sola al fracaso: sólo usó Reason en la elaboración del disco. Como el propio Howlett reconoció (y como todos los usuarios de Reason de aquella época sabíamos), el programa tiene un sonido final que deja mucho que desear y masterizar desde el propio Reason es una labor que por mucho que le pusieras ganas nunca iba a darte una alegría. El sonido se quedó un poco pobre y eso lastró el resultado final. Si no lo creeis cogeros el Hotride de este disco y el que aparecía en Their Laws: The Singles, que estaban todos los temas remasterizados.
Y llegamos al presente, a lo que debería ser la redención después de la cagada del Baby’s Got A Temper y la semicagada del Always Outnumbered, Never Outgunned se esperaba que The Prodigy sacara un disco que hiciera recordar los mejores tiempos del grupo, fuera como fuese. Esa labor recae en Invaders Must Die, cuyo título o bien parece un homenaje al aniversario del clásico juego de Space Invaders o una declaración de intenciones de cargarse a todos los que dejaron el break beat a la altura del betún. Como todo buen disco, viene precedido del lanzamiento de un tema que forma parte de él en forma de single (nada nuevo bajo el sol) titulado Omen que debería ser un anticipo de lo que prometen en este trabajo. Aquí se vuelve a apostar por el clásico ritmo de The Prodigy y recuperando a la figura de Flint para la causa (y en buena forma), con un sonido de sinte que autohomenajea a ellos mismos, recordando a los que empleaban en sus primeros discos (por ejemplo, el tema Break and Enter del Jilted Generation, o casi cualquier tema del Experience) o a los sintes que detesto de gente como Pendulum. Habrá quien le guste este tema, pero a mi la época raver de The Prodigy tampoco es que me gustara mucho, cosa que aquí parece hacerles un guiño bastante obvio. También hay circulando un videoclip que el propio grupo colgó con el tema que da nombre al disco y que a mi parecer es de una simpleza tal que me parece un insulto a las posibilidades de hacer música que hay hoy en día. Total, que los dos temas que ha mostrado el grupo me parecen bastante reguleros, con perdón para quien le haya gustado. Pero pasemos al resto del disco.
Aquí es donde se destapa el tarro de las esencias y vemos que The Prodigy sí que se han tomado el trabajo en serio y han intentado volver a los orígenes pero haciendo las cosas bien. Casi todos los temas recuerdan a trabajos anteriores con una energía similar el Jilted Generation y dejando completamente de lado el The Fat Of The Land, destacando para mi el Take Me To The Hospital y el Warriors Dance, un tema con toques drum’n'bass con un bajo que lo envuelve todo y que mantiene por sí solo todo el tema. El resto de temas siguen una tónica parecida, mucho ritmo desenfrenado, con sintes un poco raros (algunos creo que bastante desacertados), voces que parecen sacadas del pasado (musicalmente hablando) y ritmos a medio camino entre el break beat de la última etapa y el drum’n'bass de la primera.
En general te deja una sensación de volver a escuchar al The Prodigy de los comienzos y que en ningún momento han intentado continuar por donde se quedó el The Fat Of The Land. Tiene sus virtudes y sus defectos, pero posiblemente este disco no decepcione a quienes se sintieron timados con el Always… y sí a los que crecieron con el Firestarter lo que puede crear un cierto dilema, y es que la generación del Experience hace tiempo que pasó la treintena y ya no creo que estén para agradecer mucho este tipo de material (que seguro que les gustará). Así que el Invaders Must Die debe buscar su público entre un público que escuchó de refilón su mejor época y quienes no tienen ni idea de quienes fueron The Prodigy. Al menos la redención musical sólo se la deben a los más carrozas. El resto es simplemente ganar nuevo público y creo que sin ser un trabajo redondo tiene suficientes argumentos para atraer una nueva legión de fieles.
Vuelve el dúo canadiense que hace unos años nos dejó a todos embelesados con su magnífico álbum So This Is Goodbye. Ahora, tres años después, repiten la misma fórmula de aunar un pop meloso con música electrónica para conseguir un sonido elegante aunque quizás un poco descuidado respecto a su trabajo anterior. Me refiero a que le faltan esas pinceladas de genialidad en la elección de los sonidos para que la faena hubiese sido de nuevo redonda. Además, al decantarse por temas más movidos, parte de la magia que ofrecían los ritmos lentos se ha perdido por el camino. La parte vocal sigue siendo esencial en Begone Dull Care adquiriendo mucho más protagonismo, aspecto que han mejorado considerablemente.
Hay que decir que la versión que está circulando por internet (el mp3 es del 21 de enero) parece más bien un avance sin masterizar como es debido, porque no me creo que este sea el sonido definitivo. Le falta mucho “brillo” y opino que habría que mejorar los niveles de volumen de algunos sonidos y otras asperezas. Sea como fuere, hasta el 7 de Abril no sale a la venta en USA, por lo que una reescucha con una supuesta versión comercial seguro que haría que este disco nos acabara por convencer. Y es que pienso que este Begone Dull Care se ha quedado un pelín lejos de su predecesor. Pero en fin, yo es lo dejo aquí para que lo escuchéis y ya me contáis. Por cierto, también os dejo el So This Is Goodbye para que comparéis.